El 3 del corriente mes se celebró el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, momento propicio para compartir algunas reflexiones. La primera se refiere a la denominación que habitualmente utilizamos «personas con discapacidad»-, ciertamente superadora en calidad humana a las muchas formas de nombrarlas, algunas de ellas muy desafortunadas y tristes y que, felizmente, han casi desaparecido. No ha sido ajena a esta culturización diferente la campaña publicitaria de la Asociación Síndrome de Down República Argentina (Asdra), que destacó el carácter ofensivo de parte de aquellas maneras de nominar.

Nuestro país no está huérfano de normas legales que establezcan y consagren los principios de igualdad de trato y no discriminación hacia cualquier forma de diversidad. Hemos sido razonablemente vanguardistas en ese sentido. Pero las normas solas no alcanzan. Lo verdaderamente relevante es que la comunidad haya ido incorporando nuevos abordajes frente a la discriminación. Hoy, hablar de integración es moneda corriente en todos los órdenes, hasta en el campo de la educación, en el que la inclusión es también una demanda socialmente compartida. La difusión periodística, los congresos, la literatura especializada y algunos fallos judiciales señeros han contribuido a crear la necesaria conciencia en esta materia.

Una nota periodística reciente en la sección Comunidad de LA NACION rescató opiniones de alumnos de escuelas en las cuales la integración y la educación inclusiva son una realidad. Uno de ellos destacó que había aprendido las virtudes de la paciencia y la tolerancia como resultado de la integración. La nota recogió también opiniones de padres que, a la hora de elegir el establecimiento donde educar a sus hijos, se interesaban por saber si era inclusivo y eventualmente lo elegían porque ponderaban muy favorablemente que sus hijos incorporaran ese valor. No se trata de descubrir ahora que existe un valor en la no discriminación o, más precisamente, en la educación inclusiva. Se trata de subrayar una favorable evolución en la percepción de una comunidad que ya incorporó estos valores, hasta el punto de elegirlos para la formación y educación de sus hijos que no padecen ninguna discapacidad: educarlos en ámbitos que incluyan a personas con discapacidad potencia el aprendizaje vivencial a edades tempranas. Este fenómeno de evolución en la concepción humanística merece ser destacado. En un pasado muy cercano había muchas escuelas que rechazaban de plano a los niños con alguna discapacidad. Las hay aún hoy. Existen también padres de alumnos que se oponen a que sus hijos compartan la clase con ellos. Es más, recordamos algunos paradigmáticos casos de ignorancia supina en los que los progenitores llegaban a preguntar si contagiaban o si atrasarían el nivel de la clase.

No es que ya hayamos alcanzado el objetivo ni mucho menos. Pero se ha avanzado mucho. Justamente en estos días, la Universidad Católica Argentina y la Universidad de San Isidro han desarrollado el Programa de Inclusión Universitaria de Jóvenes con Discapacidad Intelectual, en el que se subraya la importancia de la interacción con el resto de los educandos. Desgraciadamente, los muros en el mercado laboral todavía se construyen sobre prejuicios: en el país, solo una de cada tres personas con discapacidad consigue trabajo, como surge de un estudio publicado por el Indec. Solo unas pocas compañías tienen programas de inclusión y son ellas mismas las que confirman sus positivos efectos en el clima laboral. Otro tanto ocurre en el deporte, con evidentes mejoras en el comportamiento del resto de los integrantes de los equipos cuando se incluye a personas con discapacidad.

Mucho queda por trabajar en el transporte o la arquitectura sin barreras, entre muchas otras áreas, para que el mundo incorpore en su acervo valores como los señalados. Hacerlo es el mejor homenaje a la humanidad común.